
Un acto de justicia y otro de esperanza
Dos nombres encabezan la nueva nómina de Javier Aguirre. Uno de ellos es un acto de justicia. El otro es un acto de fe, de esperanza.
Sin duda sobresalen los nombres de Braulio Luna y de Jonathan dos Santos.
El primero, desde su aparición en Pumas, era una promesa de jugador diferente.
Un futbolista técnico, inteligente, de temperamento, voluble, cierto, pero con posibilidades ofensivas y defensivas para, en realidad, desempeñar 10 de las 11 posiciones en la cancha.
Las tentaciones en todo sentido, las desviaciones en todo sentido, las amistades inconvenientes en todos sentidos, terminaron por arruinar un proceso generoso en un jugador al que se le atravesó, lamentablemente, un patriarca, un tutor, un padrastro deportivo, con su lado oscuro en plenitud, como Ricardo “Tuca” Ferretti.
Motivos personales, conflictos extracancha entre ambos, terminaron por convertir a su mejor aliado, el “Tuca”, en su peor enemigo, y el daño se fue propalando.
Parecía que en el caso de Braulio Luna ocurriría una situación similar a la de Adolfo Ríos, un arquero ejemplar, de gran profesionalismo, técnicamente el mejor, muy por encima de Oswaldo Sánchez y que cualquiera de coincidente generación, y se quedó sin jugar en un Mundial.
Rumores, versiones lúdicas, lúgubres, perversas incluso, desde aspectos religiosos, hasta de otro tipo, fueron la explicación que injustamente persiguió a un arquero, que en su momento, fue mejor que Óscar Pérez, Jorge Campos y otros de esa fraternidad.
Braulio Luna, aquí se sostuvo en su momento, debe ser el mexicano con más riquezas futbolísticas y de más regularidad en los últimos años, con un peso fundamental en el mejor San Luis de Raúl Arias, demostrando su potencial físico en labores poco valoradas de sacrificio y sólo colgándose de los aparadores con la valoración fácil de una tanda de majestuosos golazos.
Así, le llega un acto de justicia a un futbolista rodeado de rumores y misterios, pero que fundamental y afortunadamente tanto Aguirre como Mario Carrillo están dispuestos a jugarse por él, especialmente sabiendo que puede funcionar, sin titubeos, desde lateral derecho hasta extremo izquierdo.
En el otro extremo está Jonathan, mucho más joven e inexperto, pero con facultades de las cuales La Opinión le ha reseñado un prontuario de ellas, antes de, durante y después de la gira reciente del Barcelona por Estados Unidos.
Con propuestas para jugar por las selecciones menores de España, desdeñadas por la familia, Jonathan lo ratificó a este reportero claramente en la estadía del Barcelona en Los Ángeles: “Soy mexicano, tengo sangre mexicana, y en mi familia todos coincidimos en que voy a jugar por México”.
Ya una vez le hicieron la majadería de prácticamente desnudarlo en el aeropuerto porque la vestimenta oficial y hasta la valija de él y de otros jugadores las necesitaban para otra selección menor tricolor que emprendería el viaje.
Lo de Jonathan es notable. Ya se ha hablado de su ubicación, de su toque fino, venenoso, de primera intención, y de la sutileza para filtrar balones.
Ojo, no está formado, está en formación. Pero afortunadamente para México está en manos de un entrenador generoso como Pep Guardiola y el Barcelona, donde, ya se sabe, también fue incubado el talento de su hermano Giovani antes de ser descarriado por las parrandas de Ronaldinho y Deco.
Citarlo para el juego contra Colombia no significa más allá de verlo, conocerlo, revisarlo, y seguramente Carrillo y Aguirre descubrirán valores más sólidos que los de Giovani, porque el mismo Jonathan lo aceptó, aprendió de las equivocaciones de su hermano.
No hay prisa porque México lo amarre e impida que España nuevamente insista en él, o que incluso, por la paternidad brasileña de Zizinho, la selección amazónica decida seducirlo.
México sólo necesita citarlo y ponerlo en la cancha un segundo en los juegos contra El Salvador o Trinidad y Tobago, aunque con los cambios nuevos en la FIFA, hay un resquicio que podría permitirle, antes de llegar a los 21 años, el contemplar vestir otra camiseta.
Es deseable que Aguirre no cometa el atropello demencial y senil de Ricardo La Volpe, quien prefirió llevar como carga maletas de lujo a su yerno “Chiquis” García, ya en el asilo prácticamente, en lugar de convocar para el Mundial 2006 al mismo Giovani y a Carlos Vela.
Sin duda las mejores herencias de Aguirre y Carrillo serán la renuncia a los pactos ciegos de convocar a los “imprescindibles” y abrir en cambio nuevos caminos, sin celos tontos o anhelos de plagio, respetando los méritos y los anhelos de los campeones mundiales sub-17, selección que, sostendré hasta el final, es un accidente glorioso en el futbol mexicano y que se consiguió a pesar del complejo de Herodes de La Volpe y de Alberto de la Torre, ansiosos de asesinar deportivamente a aquel grupo y a su entrenador “Chucho” Ramírez.
El “Vasco” lo ha dicho siempre: más importante que lo que ganas y lo que haces, es lo que heredas. Habrá que exigirle que también en ello cumpla su palabra.
columnas recientes