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‘Chiquidrácula’, instrumento conkakafkiano

Los nazarenos mexicanos deciden defender a su nazareno en desgracia. Loable que así sea, encomiable esa lealtad gremial, tan escasa en estos tiempos,

Los silbantes mexicanos se solidarizan para protestar por el ataque verbal, persistente, por parte del relator hondureño que pidió crucificar, y hasta se ofreció él mismo, a Marco Antonio Rodríguez, identificado en el sórdido mundo de las calamidades arbitrales como “Chiquidrácula”.

Nazareno de oficio, al ser árbitro, y de fe, al vanagloriarse insistentemente como profeso y pastor de la fe cristiana, el émulo futbolero del mítico Drácula, tuvo una desastrosa actuación en el Honduras-Costa Rica.

Se sabía que podía ocurrir así. De hecho se tenía la certeza de que iba a ser así.

Un gol anulado de la manera o más obscena posible o menos coherente posible, fue el clímax de una jornada en la que abundaron las amarillas, negó otras igual o más merecidas y además se tragó dos claros penales a favor de Honduras.

Es decir, nada de lo que no se esté acostumbrado a padecer del señor de las tinieblas en las jornadas aciagas en estadios mexicanos.

“Chiquidrácula” fue, patéticamente, de los errores a los horrores, pero eso sí, muy seguro de sí mismo, muy seguro de que sus errores eran perpetrados por encargo o simplemente auspiciados, muy poco probable, por una galopante y pulcra estulticia.

Y mientras el vampiresco silbante, sediento de sangre inocente y culpable, porque no hace diferencias en su código incierto de conducta, perpetraba sus equivocaciones con una celeridad y promiscuidad inflexibles, el narrador del encuentro se desgañitaba pidiendo el cadalso, pidiendo que se le trepara al patíbulo y se accionara la guillotina de manera inclemente.

El narrador aseguró que él mismo le daría de golpes si estuviera en la cancha, y que incluso se encargaría de que no saliera vivo del estadio de San Pedro Sula, si Honduras no ganaba, además de que ofrecía una gama de amenazas y castigos contra el silbante mexicano, prácticamente creando un panorama de linchamiento.

Sin duda, deformando el manual de ética, promiscuyendo su oficio, y queriendo convertirse en juez, parte y verdugo, el relator incurrió en actos tan graves que, normalmente, deberían sancionarse desde su propia empresa, porque incitando a la violencia en un caldo de cultivo propio para ello, se convierte, prácticamente, en un asesor de crimen.

Evidentemente omito el nombre del narrador hondureño, porque citarlo sería difundirlo y para alguno pudiera llegar a ejemplificarlo, imitarlo o idealizarlo como un antihéroe o un justiciero advenedizo.

A final de cuentas, él, su entorno, y su empresa, deberán enjuiciar la dimensión del abuso y del daño, que afortunadamente, a pesar de las incitaciones, y bajo el amparo del 4-0, “Chiquimarco” —como prefiere que lo llamen— salió ileso a no ser por algunas escoriaciones en la imagen materna.

Y si bien “Chiquidrácula” ofreció un insano y abundante catálogo de sus delitos o de sus errores, eso lo sabrá él, a final de cuentas, nadie puede disponer de su integridad física, y menos aún de su vida.

La proclividad de Marco Antonio para hacer de la equivocación su Cleopatra, es más que evidente: este domingo pitó en la victoria de América sobre Atlas y en su primer juego en el torneo despachó siete tarjetas, es decir, llegó encarrerado con la avidez de justicia equivocada que le es tan propia.

Ya se había advertido puntualmente que era un riesgo colocarlo en ese juego.

Si a México, a petición de la FMF, según reconoció Justino Compeán, lo liberaron del salvadoreño Joel Aguilar Chicas porque había pitado con frecuencia e inmediatez al Tricolor y en la final de la SuperLiga (Tigres vs. Chicago), “Chiquidrácula” había tenido dos citas con Honduras en la Copa de Oro, según aclaraba ayer el mismo técnico catracho, el colombiano Reinaldo Rueda.

Es decir, el mismo criterio podía prevalecer en ambos casos, pero como se informó aquí, las gestiones de las federaciones de Honduras y Costa Rica fueron desoídas en su momento.

Queda claro entonces, que el juez mexicano, al margen de su habilidad o incentivos para equivocarse, fue enviado como carne de cañón, al matadero, al sacrificio, sin ningún tipo de resquemores, por parte de los dirigentes conkakafkianos.

Es decir, el amante de la moronga ajena, el chupasangre de oficio, tiene culpa natural de todos sus dislates, pero sin duda es tan grave el que a ciencia cierta lo enviaba a perpetrar daño innecesario, como en este caso las autoridades de mal juicio sobre sus “buenos” jueces del área.

Lo de “Chiquidrácula” no tiene pues perdón.

Lo del presunto relator, mucho menos, pero la maquiavélica decisión de los señores de las tinieblas de la Conkakaf, los hace más culpables que los otros dos juntos.

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