
Pumas, entre los méritos …
La coronación es irrefutable. Sin embargo, Pumas oscila, percudido, entre los méritos y los merecimientos para ser campeón.Un equipo que hace apenas el 54 por ciento de los puntos posibles y anota poco más de 1.3 goles por juegos, es el campeón del futbol mexicano.
Tiene, como todo, como todos, como siempre, agravantes y reconocimientos.
1.- Su futbol es desagradable como punto de partida. Las eventuales alteraciones de los encuentros, lo hacen o más repulsivo o tolerable, o, incluso, disfrutable, pero, quede claro, su declaración de principios futbolísticos es la mezquindad.
2.- Llega a la final solapado por errores arbitrales como el gol de Darío Verón a Puebla en, de acuerdo al espíritu de la regla, claro fuera de lugar, y el perdón obsceno a “Pikolín” Palacios por aquel candado mezclado con desnucadora que merecía expulsión y fue indultado.
Como contraparte hay más argumentos:
1.- Trabaja con extrema disciplina a un estilo y un esquema que desagrada, pero funciona, especialmente en un sistema de competencia como el mexicano.
2.- Ricardo “Tuca” Ferretti ha armado a un equipo con bajo presupuesto, piernas veteranas, pero todos convencidos de que bajo el recurso empleado se podía ser campeón.
3.- De los errores arbitrales, de la ignominia de su doctrina de juego, es el menos culpable: los yerros son atropellos de un grupo de silbantes mediocres y a veces mal intencionados, mientras que, si juega como juega, es porque es más importante ser campeón sin merecimientos que morir en la Liguilla teniéndolos.
4.- Confirma, como seguidilla del recién derrocado Toluca, que trabajar intensamente cada semana para alimentarse de los errores ajenos, más que de la construcción de sus aciertos, puede llevar a la conquista del título.
5.- Y al final, Pumas no tiene la culpa de que sus goles a Pachuca fueran consumación de torpezas manifiestas del rival, y por supuesto, de la manifiesta decadencia de un portero, durante mucho tiempo notable, como Miguel Calero, al colaborar en al menos de los tres goles recibidos.
Aunque parece un dogma de cinismo, de oportunismo, código de advenedizos, primero lo dijo Píndaro, poeta griego: “Aprovecha la oportunidad en todas las cosas, no hay mérito mayor”, y después Maquiavelo lo asumiría: “El idiota no es el oportunista, sino el que permite al oportunista serlo”.
Por eso, Pumas se corona campeón en un escenario prohijado por el futbol mexicano, prohijado por el mismo Pachuca, que en el primer juego hacía tiempo, consumía el reloj, desde la primera mitad.
Se podría preguntar a los aficionados de Pumas si gozan el campeonato y la respuesta será una descarada afirmación, porque tienen el derecho del fanatismo, más arraigado que nunca en la actual filosofía de Pumas: “Ganar como sea a quien sea por lo que sea”.
La memoria del fanático se entretiene estrictamente en el brillo de los trofeos o, en el otro extremo, en la flagelación de los lamentos.
Seguramente aficionados de otros clubes como América, Chivas o Cruz Azul, se regocijarían por ocupar el lugar de los seguidores de Pumas, y tener una gota de miel en esas bocas acostumbradas recientemente a hacer gárgaras de hiel.
Y en estos casos, los aficionados se vuelven cómplices de la mecánica resultadista que invade eventual o constantemente a sus equipos.
Aquí lo grave es el sentimiento de herencia, el mensaje equivocado, la propuesta incorrecta: para ser campeones en el futbol mexicano la fórmula es la tacañería, el puntismo, la depravación de conceptos claros del futbol, como lo son el espectáculo, la competencia por la victoria con el disfrute general de la batalla.
En la anterior entrega de esta columna se advertía de estos riesgos, de que Pumas terminara campeón, como ocurrió, como para establecer, como mentira suprema, que se debe jugar como Toluca y los equipos de Ricardo Ferretti, para poder levantar un trofeo.
Cierto, recurrir al ejemplo del Barcelona para victimizar, para humillar al futbol mexicano, parece no sólo injusto sino también improcedente.
En México no hay figuras de talla semejante a la constelación universal del Barcelona, pero, a nivel doméstico el rasero de calidad es muy semejante, es decir aparecen excepciones que un par de semanas se vuelven dioses con rodillas de barro, como, por puntualizar un ejemplo reciente, el “Chaco” Giménez, considerado en momentos el mejor del balompié azteca y ante Pumas fue el primero en claudicar de los jugadores del Pachuca.
¿O el intermitente “Sinha”? ¿O el inconsistente Salvador Cabañas? ¿Y mexicanos? ¿Dónde quedaron los Pardo, los Torrado, los Medina, los Bautista, los Bravo? Los héroes de la temporada saltaron del anonimato: “Cherokee” Pérez, “Maleno” Frías. O de los cementerios: Daniel Osorno, Duilio Davino.
Y por eso, al final, queda claro: Pumas oscila, percudido, entre los méritos y los merecimientos para ser campeón.
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